La crisis de consumo pone en jaque a expendedores

Tras un largo tiempo de precios congelados, las naftas y el gasoil se encarecieron 51% en el último año y medio. El alto componente impositivo provoca que los aumentos no mejoren la rentabilidad de los estacioneros. En cambio, sufren la retracción de la demanda

A contramano de lo que ocurre en la gran mayoría de los sectores de la economía, donde los aumentos de precios apuntan a recuperar rentabilidad frente al incremento de los costos, en el caso de las estaciones pasa el efecto inverso. Ocurre que el fuerte componente impositivo que tiene el precio de los combustibles hace que la suba de precios no traiga beneficios para el estacionero, y por el contrario produce una merma del consumo.

Con el último aumento de precios que comenzó a regir este mes, que llevó el litro de nafta a casi $20, la Argentina se convirtió en el segundo país con los combustibles más caros de la región, sólo superado por Uruguay. El valor es parejo con Brasil y Chile, pero está casi 20 centavos de dólar con respecto a Paraguay, lo que explica por qué muchos argentinos que viven en esa frontera cruzan el límite para llenar el tanque.

Esta situación, además, se da con una situación paradójica. Mientras en el último año y medio los combustibles se incrementaron 51%, el barril de petróleo en el mundo se abarató 29%. Durante los años del kirchnerismo el esquema de precios estuvo congelado y controlado por la Secretaría de Comercio, en ese entonces comandada por Guillermo Moreno. Con el cambio de Gobierno, el ministro de Energía, Juan José Aranguren, impulsó un nuevo método para calcular lo que se paga el litro en surtidor. Se trata de una fórmula polinómica que combina el precio internacional del petróleo, el de los biocombustibles y el tipo de cambio.

Desde el sector advierten que los aumentos retrotraen la demanda. Por caso, la Confederación de Entidades del Comercio de Hidrocarburos (CECHA) informó a fines de mayo que durante el primer trimestre del año la venta cayó en promedio un 1,5%; esto significó una merma de facturación de casi $640 millones. El mayor impacto fue en el gasoil común o grado 2 (bajó 12%) y las naftas súper; en cambio subió el consumo en el sector premium.

Carlos Gold, presidente de CECHA, destaca que en el sector “veníamos reclamando una recomposición de la rentabilidad” en función del fuerte incremento de los costos. “El incremento trajo cierto alivio, pero no una solución”, considera. En cambio, Juan Carlos Basílico, titular de la FEC, opina: “Con los aumentos nos va peor, no mejor. Porque tenemos mucho de impuesto, un 70% de impuesto en la venta al público. Con lo cual nos queda un 30% pero de ahí sale el pago a la petrolera, el transporte, a los empleados, entonces finalmente sólo le queda el 3%. Esto no es de ahora, es algo con lo que venimos luchando hace años”. Por su parte, Gabriel Bornoroni, de FECAC, agrega: “El sector está atravesando una crisis. Más que nada porque las que determinan la rentabilidad son las petroleras al ponernos los precios al consumidor y nos dan a nosotros una comisión tan baja que tenemos que hacer maravillas para llegar a fin de mes”.

En los últimos años la menor rentabilidad hizo que muchas estaciones de servicio, en especial las de ruta o en pueblos chicos, fueran cerradas. Cuando el despacho de combustible en uno de estos comercios cae por debajo de determinado nivel pierde “la bandera” y pasa a ser blanca. Y en el sector saben que cuando se llega a ese punto, están en riesgo de cerrar. “Las petroleras dicen que se han abierto algunas bocas, pero son más la que se cierran que las que se abren. El gran problema que estamos teniendo es que se están cerrando muchas estaciones de ruta. Fuera de las ciudades están las estaciones que proveen directamente al agro, a las empresas de transporte, y el problema ahí es que las petroleras tienen un canal de venta mayorista directo, que venden a esos lugares en detrimento de lo que antes hacían las estaciones de servicio”, señala Alberto Boz, presidente de FAENI. “No estamos más en épocas de cierres masivos, donde la rentabilidad era un flagelo y había casi cierres semanales. Hoy eso no ocurre”, agrega Gold. En las grandes ciudades, como puede observarse fácilmente en la Capital Federal, los terrenos que ocupaban las estaciones se reconvierten hacia inversiones más rentables, como el sector inmobiliario.

Los reclamos de los estacioneros apuntan a que se aplique una reducción impositiva que mejore su rentabilidad y que no se les permita a las petroleras tener despachos directos a los consumidores. Mientras tanto, se baraja la posibilidad de que cada estación de servicio pueda establecer libremente el precio al que vende el litro de combustible.

La próxima revisión trimestral será en octubre, en tiempo de las elecciones legislativas, y nadie puede anticipar qué ocurrirá con el precio de los combustibles. Lo que es claro es que los estacioneros esperan que no aumenten, o al menos que se hagan cambios para mejorar su rentabilidad.

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